El amor y el odio son las pasiones que mueven el mundo. Escribir sobre ellas es mi pasión, sólo espero que leer mis palabras sea la tuya.
Clara.

martes, 27 de septiembre de 2011

CAPÍTULO.13

Linda Collins era la única heredera de la gran y próspera bodega de la familia Collins. Su bisabuelo, el viejo Peter Collins, plantó con sus propias manos aquellas viejas vides que forjaron su pequeña fortuna y que tras dos generaciones se habían convertido en la plantación más grande de todo el condado.
Su bodega producía miles de botellas de vino de California y lo que empezó con tanto esfuerzo era en la actualidad un imperio que aumentaba día a día.
Linda había crecido entre aquellos viñedos y aunque estudió lejos de aquella tierra, sus raíces eran tan profundas y su amor por Green Valley tan grande que volvió con la convicción de que aquel era su lugar, su casa, su tierra y que nada ni nadie podrían sacarla de allí.
Se hizo cargo del negocio familiar cuando su padre se puso gravemente enfermo y ya no podía hacer frente a todo el trabajo que el gran viñedo y la inmensa bodega requerían pues, aunque tenían a mucho personal trabajando para ellos, había cientos de detalles de los que hacerse cargo.
Linda tomó las riendas con la misma valentía que el viejo Collins, su bisabuelo, tuvo cuando se aventuró en aquel valle y plantó la primera vid.
Comenzó a trabajar junto al joven capataz que su padre había contratado unos meses antes de enfermar. Steven Taylor era un joven apuesto, alto, con ojos verdes de mirada penetrante. Linda siempre se sentía nerviosa cuando estaba junto a él.
Steven trabajaba en las tierras de la familia Collins, pero en su corazón ambicionaba el tener algún día sus propias tierras, ser dueño de su trabajo y de su tiempo.
Cuando comenzó a trabajar al lado de  Linda se dio cuenta de que aquella joven de mirada tierna tenía una gran fuerza interna y una determinación inusual en una mujer tan joven.
Se sintió atraído por ella aunque él era consciente de que pertenecían a dos mundos distintos. Él no tenía fortuna, dependía económicamente de su salario y había tenido que labrarse su vida día a día sin ayuda de nadie; en cambio ella era una rica heredera, que había vivido entre algodones y que, probablemente, tendría arreglado su futuro con otro joven de su misma clase y condición. Aunque para Steven Taylor aquello no era un obstáculo.
Desde muy pequeño se había marcado metas, cuando conseguía una, se marcaba otra y así  había ido capeando la vida. Ahora ambicionaba ser algo más que un simple capataz y se marcó a Linda Collins como su próxima meta.
Fantaseaba cada noche, acostado en su cama, mientras fumaba uno de sus cigarrillos, en cómo sería ser el dueño de aquel viñedo, en los cambios que haría en la bodega, en los otros negocios que emprendería cuando tuviese la posibilidad de manejar la inmensa fortuna de los Collins.
Linda no era insensible al atractivo que desprendía Steven Taylor y alguna vez estando junto a sus amigas, habían comentado entre risas lo apuesto que era el joven capataz y lo que se sentiría al estar entre unos brazos fuertes, forjados en el duro trabajo del campo. Además, siempre se mostraba atento con ella y percibía que entre ellos había algo especial.
Linda no había tenido mucha experiencia con los hombres, algunos pequeños escarceos amorosos cuando estaba en la universidad, pero nada serio y tenía que reconocer que Steven Taylor le atraía como ningún otro hombre lo había hecho antes.
Siempre juntos, casi de sol a sol, trabajando en el viñedo, bajo el calor sofocante de la mañana, o en la penumbra y el frío de la bodega. Y fue así, casi sin darse cuenta, cómo Linda comenzó a enamorarse de él.
Los viñedos fueron los testigos mudos de su primer beso, bajo las últimas luces crepusculares de una tarde de verano y, fue ese beso apasionado el que hizo que Linda creyese que Steven Taylor era el hombre de su vida y que estaban predestinados a amarse el resto de sus días.
Pensó que no iba a ser fácil, que tendría que luchar contra su familia, que se opondría totalmente a su relación, que tendría que acallar las habladurías de sus amigos y conocidos; pero ella era fuerte y más fuerte se haría gracias al amor de Steven, juntos serían capaces de sortear todos los obstáculos.
El capataz por su parte, sabía que había alcanzado la meta que se había propuesto: Linda. Ahora su próximo objetivo meta sería ser su esposo y,  por lo tanto, dueño de su fortuna.
Aunque los padres de Linda se opusieron, en un principio, a su relación, tuvieron que cambiar de opinión,  nunca  habían visto a su hija tan ilusionada;  sus ojos irradiaban felicidad y aquello fue, para ellos, más que suficiente para claudicar y aceptar  a Steven Taylor como su futuro yerno.
Además, pensaron que con su destreza, habilidad y conocimientos, podría continuar engrandeciendo la hacienda familiar y de esta forma a su hija Linda no le faltaría nunca nada.
Tras un corto noviazgo se casaron en los jardines de la gran casa de los Collins construida sobre el alto de una colina rodeada de los campos de vides que se perdían en el horizonte.
Aquel día Linda se sentía la mujer más dichosa de la tierra, sin saber que acababa de sellar con un beso su desgraciada vida.
Los primeros años de su matrimonio pasaron rápido, casi sin darse cuenta; aunque lo deseaba con todas sus fuerzas, Linda no quedaba embarazada. Preocupada visitó a los mejores especialistas que le confirmaron lo que llevaba meses presintiendo. Linda jamás podría tener hijos, una malformación en sus ovarios le impedía quedar embarazada. Esto produjo en ella una gran tristeza, que la llevó al borde de la depresión.  Siempre se había imaginado que sus hijos corretearían por los campos del viñedo como ella lo había hecho en su infancia.
El padre de Linda se fue apagando poco a poco y una tarde otoñal sentado en el porche en su sillón de mimbre mirando las vides, dio su último respiro, quedamente y sin dolor;  con la luz amarillenta del atardecer y llevándose consigo clavados en la retina los verdes y ocres de las hojas de las vides que habían sido toda su vida.
Para Linda la muerte de su padre significó una gran pena, él había sido su soporte y  su apoyo. Durante toda su vida en él había encontrado la serenidad, él le había enseñado a amar esa tierra bendecida por Dios y ahora sin su presencia  se encontraba vacía y perdida.
La madre de Linda, Margaret, era una mujer apacible, feliz de compartir la vida con su familia. Amaba a su esposo con devoción y sin él no consiguió encontrar un sentido a su existencia.
Años más tarde Linda pensó que su madre había muerto de amor, si algo así pudiese realmente suceder. Fue la única explicación que pudo encontrar para la muerte de su madre pocos meses después de que su padre falleciese. Simplemente se marchitó como una pequeña flor cortada de su tallo y, sin ruido, como había vivido, una mañana no despertó.
Linda y Steven se habían quedado solos en aquella inmensa casa donde los silencios iban invadiendo cada rincón y el desamor se iba apoderando poco a poco, casi sin darse cuenta  de sus corazones.
Ella sabía que Steven no le era fiel, pero le perdonaba cada vez.
Cada noche que pasaba fuera de casa Linda se sentía morir; esperaba despierta, atisbando por su ventana, que llegara su coche y cuando esto sucedía ya casi con las primeras luces del día, no podía sino sentirse aliviada pues él, al fin y al cabo, había vuelto a ella y eso para Linda era suficiente.
Sabía que había estado en los brazos de otra mujer, que cuando se acercara a ella podría sentir el perfume barato que llevaba prendado en su piel, pero a ella lo único que le importaba era que Steven volvía a estar a su lado.
Pero los años pasaban y Linda iba sintiendo cada vez más latente que todo el amor que albergaba para Steven en su corazón se iba trocando irremediablemente en rencor y resentimiento.
Todas las esperanzas de una vida llena de felicidad y amor se habían hecho añicos, noche tras noche, madrugada tras madrugada, mientras Linda esperaba el regreso de Steven.
Sólo encontraba refugio en el olvido, aturdiéndose lo suficiente hasta que todo en su mente se borraba y solamente quedaban retazos del pasado.
Al principio una copa le servía para hacer más llevadera la espera, pero con el paso del tiempo necesitó más de una  y llegó un día en que si no bebía se sentía incapaz de enfrentarse a la vida.
Necesitaba beber unas copas antes de ser capaz de sentarse ante el tocador e intentar arreglar lo que el tiempo y la infelicidad habían labrado en su rostro.
Linda necesitaba de la nebulosa que el alcohol tejía en su cabeza para no desesperar del todo. Sentada en el gran porche de la casa veía sin ver pasar los días esperando no sabía muy bien qué, pero algo parecido a un milagro.

3 comentarios:

  1. Me encanta!!!!! yo también quiero más...
    Me alegro que te gustará mi camisa, besitosss!!!

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