El amor y el odio son las pasiones que mueven el mundo. Escribir sobre ellas es mi pasión, sólo espero que leer mis palabras sea la tuya.Clara.
sábado, 17 de septiembre de 2011
viernes, 16 de septiembre de 2011
jueves, 15 de septiembre de 2011
CAPÍTULO.11
Sarah llegó más temprano que nunca al Taylor’s coffee shop. Necesitaba un lugar donde estar a solas y poder pensar en lo sucedido la pasada noche con William. Sabía que el modo en que había actuado no había sido correcto pero no había podido evitar el comportarse como lo hizo. No estaba preparada para lo ocurrido aunque eso no era excusa y ella lo sabía.El alcohol y la imagen de Alfred con Anya hicieron que Sarah coqueteara más de lo debido con William. No iba a negar que le encantó, después de tanto tiempo, volver a sentirse objeto de deseo de un hombre y O'connor no era un mal tipo.
Recordaba los besos y las caricias de la noche anterior. Sentía de nuevo la excitación.
Se paró a pensar. Había huido del lado de William, le había dejado solo, sin una explicación. Ni ella misma sabía el motivo. Era un buen hombre; la quería, de eso no cabía la menor duda, y ella tenía ganas de dejarse querer. Alfred había demostrado no ser el hombre que ella creía, no merecía su amor. Se había comportado como un cobarde y ella como una tonta.
Roy entró en el local, cargado con las bandejas. Saludó a Sarah. Tenía cara de cansado. Se preguntó si la causante de las ojeras de Roy no sería Laura. Tenía ganas de contarle a su compañera lo sucedido con William.
-¿Cómo estás princesa?
-Eres un encanto -a Sarah le parecía que Roy era un chico encantador. Laura debería dejarse de andar con unos y con otros, y centrarse.
Continuaron charlando.
-Tienes cara de cansado -no pudo evitar decirlo.
-Estuvimos hasta tarde en el Country Club. Ayer empezaron los conciertos -dijo Roy con una media sonrisa.
-¿Qué conciertos? -preguntó curiosa la joven.
-Princesa, no te enteras de nada. Todos los años, por estas fechas, el Country Club organiza la semana del rock. Los mejores grupos del valle acuden, ¡es realmente fantástico!- dijo Roy guardando las bandejas más pesadas en el almacén. Acompañó la frase con un movimiento que imitaba al de los guitarristas heavy.
Ella rió. ¡Este Roy no tenía remedio!
Con las bromas no advirtieron que la puerta del Taylor’s coffee shop se habían abierto para dejar paso a un nuevo cliente, que se situó justo a su espalda.
-Hola Sarah.
Ella dio un respingo. Se giró y vio a William O’Connor. Estaba pálido y tenía cara de no haber dormido nada en toda la noche. Se sintió culpable.
-Buenos días, William -respondió azorada.
En ese instante Roy, que aún estaba en el almacén, gritó:
-Sarah, ¿por qué no nos acompañas el sábado al Country Club? Vienen los Smash, ¡son brutales!
Sarah que continuaba mirando fijamente a William no respondió. Tenía que aclarar las cosas con él. Era un buen hombre y no merecía pasarlo mal por su causa.
Roy salió del almacén. Los vio uno frente a otro mirándose y sin mediar palabra. Dejó el albarán sobre la barra y salió del Taylor’s coffee shop sin despedirse.
-No he pegado ojo en toda la noche, Sarah. No sé qué ocurrió y créeme que no entiendo nada -William estaba muy serio.
-Te invito a un café -dijo Sarah pasando tras la barra. -Siéntate.
Él se sentó en uno de los taburetes, la miraba con una mezcla de pena y tristeza. Parecía muy melancólico.
Sirvió dos tazas de café y se sentó juntó a él. Las manos de William descansaban sobre la barra, Sarah las acarició ¡le daba tanta pena! La miró confundido y retiró sus manos. Sarah sintió que debía explicarse aunque ni ella misma tenía claro qué había pasado.
-William, no sé qué decirte. Me comporté como una idiota. No quería hacerte daño - dijo quedamente.
-Pues lo hiciste Sarah -había un tono de amargura en su voz.
-Puedo y debo compensarte. Roy nos ha invitado al Country Club, hay conciertos, ¿qué te parece? ¿Nos vemos el sábado? Dime que sí, no me gusta verte tan enfadado conmigo. -Tenía la imperiosa necesidad de ser perdonada por William.
-No estoy enfadado contigo sino conmigo. Creo que te asusté, Sarah, pero ni yo mismo fui consciente de todo lo que significas para mí hasta ayer mismo -su rostro se había suavizado.
-Bien, entonces decidido. Recógeme el sábado -Estaba decidida a darle una oportunidad a William. Si para Alfred no era nada para William parecía serlo todo.
-Entonces de acuerdo, el sábado pasaré a recogerte para ir al Country Club -con una sonrisa se levantó. Metió su mano en el bolsillo del pantalón pero antes de que pudiera sacarla, Sarah dijo:
-Al café invito yo.
William la miró de una forma muy especial, como si quisiera guardar aquel momento para siempre. Sarah sintió que le gustaba aquella forma en que la miraba, la hacía sentir especial y no como Alfred...
La despidió con un movimiento de mano y ella, sin poderlo evitar, le besó suavemente en los labios. William la miró sorprendido, ¡no sabía a qué debía atenerse con Sarah Slater!
-Yo... tengo que irme, Sarah... llegaré tarde -tartamudeó.
-Nadie te lo impide -Le miraba inocentemente.
William la miró durante unos segundos más, después giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta de salida. Justo cuando estaba a punto de salir, Sarah le gritó, divertida:
-¿A qué hora me recogerás? -se sentía dueña de la situación, le gustaba saber que le ponía tan nervioso, eso nunca había sucedido con Alfred.
-A las nueve en punto -fue su respuesta. Salió en dirección a su coche.
Se entretuvo en ver cómo salía. Después suspiró y volvió a su tarea: había que encender la plancha y preparar la cafetera, los clientes no tardarían en llegar. Sin embargo, no fue un cliente la primera persona que llegó sino Laura ¡y menuda cara que traía!
-Pero, ¿qué haces aquí tan temprano? -le preguntó sorprendida.
-El Sr.Taylor me dijo que viniera antes...
Sarah aún temblaba de rabia cuando recordaba su última conversación con Steven; aquella amenaza de despedirla si no accedía a satisfacer sus deseos. No podía creer que algo así le estuviera sucediendo a ella. Steven Taylor le había dado el plazo de una semana para tomar una decisión. Ella sabía que no tenía elección: si dejaba el trabajo le resultaría imposible encontrar otro en Green Valley ya que el Sr. Taylor era el dueño de prácticamente todo. Su única opción era salir de allí, iniciar una nueva vida en Los Ángeles o San Francisco...
Ya no pudieron hablar mucho más. El buen tiempo había llegado al valle y el coffee shop se llenaba desde primera hora de la mañana, el spa funcionaba a pleno rendimiento y en el campo de golf apenas cabía un golfista más.
A media mañana, las cosas se calmaron un poco y Sarah y Laura tuvieron tiempo de charlar. Acodadas tras la barra las dos amigas comenzaron a hablar.
-Laura, tengo que contarte una cosa -comenzó Sarah.
-Ya sabía yo que algo te pasaba, estás muy distraída.
-Ayer estuve en el apartamento de William O’Connor...
-Por fin espabilas, Sarah -una mueca maliciosa se dibujó en su rostro. -Eso es justo lo que tenías que haber hecho, pero hace ya mucho tiempo.
-No es lo que te imaginas, Laura. Ayer discutí con mi madre, te juro que no puedo más, mi madre, Alfred, Steven... -No pudo continuar.
-Cariño, algo tendrás que hacer y no lo digo sólo por Steven, también con tu madre, deberías plantarte Sarah -Laura la abrazó.
-Ya. El caso es que después de lo que pasó ayer con Alfred y lo de Steven llegué a casa hecha polvo y mi madre, para variar, me dio todo su apoyo -dijo Sarah con ironía. -Yo estaba fatal y me llamó William y el caso es que nos besamos porque...
Laura no dejó terminar a Sarah:
-¿Cómo que os besasteis? ¿Cuándo os visteis? ¿Por qué? -las preguntas salían sin descanso de los labios de Laura.
-Bueno, si me dejas te lo cuento -dijo Sarah.
-Cariño, me parece que me he perdido algo, ¿tú no estabas profundamente enamorada de Alfred?
Los ojos de Sarah se entristecieron con la sola mención de Alfred, y Laura, viendo el efecto que sus palabras habían causado en su amiga, se disculpó de inmediato:
-Lo siento mucho de verdad yo no quería...
-No pasa nada, tienes razón. Me ilusioné con Alfred y mentiría si te dijese que no siento nada por él pero... -Se interrumpió con los ojos se empañaran en lágrimas.
Laura la abrazó y trató de consolarla. Sarah se zafó de su abrazo y continuó. Trataba de no llorar:
-Tengo que seguir adelante. He tardado siete años en volver a sentir algo por un hombre, desde lo de Robert... El caso es que me he vuelto a equivocar. Debo tener alguna tara, porque siempre elijo al hombre equivocado: primero Robert y ahora Alfred. Pero ya estoy harta, no volveré a elegir mal, William es un buen hombre, me quiere y no me hará daño. Necesito sentirme querida, necesito que alguien me abrace, necesito... -por un momento, Laura pensó que se iba a echar a llorar; pero Sarah continuó -Alfred me ha desilusionado, me ha engañado... ¡y estoy harta! Quiero un hombre que me ame, que yo sea lo más importante para él y no otra conquista más... y para William creo que lo soy
-Todo eso está muy bien, pero ¿dónde dejas tus sentimientos? Ni una sola vez has dicho que tú sientas algo por William y que él sea un buen hombre no cuenta.
-Laura, necesito que me apoyes. Creo que a William puedo llegar a quererle. Sólo necesito tiempo. No quiero volver a sufrir. Además, Alfred ya tiene a Anya... -su voz se entristeció
-Niña, sabes que puedes contar conmigo -Laura estaba dispuesta a todo por verla feliz ¡era tan desgraciada!
-Bien -la voz de Sarah se animó -el sábado hemos quedado. Iremos con Roy y contigo al Country Club.
-Estupendo, pero ahora quiero todos los detalles de lo que pasó ayer -pidió Laura llena de curiosidad.
miércoles, 7 de septiembre de 2011
CAPÍTULO.10
CAPÍTULO.10
Helen llegó a su habitación que estaba casi en penumbra y se dejó caer en un sillón. La tristeza le atenazaba la garganta y casi no podía respirar. Trató de serenarse abrazándose a sí misma y aunque deseaba desesperadamente llorar ni una sola lágrima asomó a sus ojos, estaban secos, había llorado tanto en su vida que ya no le quedaban lágrimas que derramar.
Meciéndose suavemente adelante y atrás logró que su cuerpo dejase de temblar y poco a poco se serenó. No se movió, se recostó lentamente en el sillón y volvió atrás en el tiempo, cuando contaba diecinueve años y era una joven llena de vitalidad y con la cabeza llena de sueños por cumplir.
No le gustaba estudiar demasiado por lo que había decidido hacer una formación profesional y llegar a obtener un diploma como esteticista, quería tener su propio centro de estética, ser la dueña de su trabajo e incluso, si las cosas iban bien emplear a otras especialistas.
En sus sueños veía como su centro integral de estética era publicitado en las mejores revistas de belleza. Se veía a sí misma con un futuro lleno de éxitos, tendría que viajar para conocer las últimas técnicas, los tratamientos más novedosos: Sacramento, Los Ángeles, Nueva York... Europa, recorrería el mundo e incluso podría poner su nombre a una gama de maquillaje.
Una sonrisa llena de amargura curvó los labios de Helen ¡cuántos sueños se tienen cuando la vida todavía no ha pasado ninguna factura!
Helen y sus amigas salían y se divertían como si cada sábado por la noche fuese el último. Fue en uno de esos sábados cuando conoció a Harry. Era un joven que trabajaba en uno de los viñedos que rodean a Green Valley.
Estaba sentado con unos cuantos amigos tomando unas cervezas, eran unos pocos pero hacían mucho ruido.
Helen se fijó al instante en Harry. Le llamó la atención aquel joven que reía con una sonrisa encantadora, los labios bien dibujados dejaban entrever unos dientes blanquísimos que contrastaban con su piel bronceada. Sus ojos negros llenos de vida, con una mirada limpia, honesta, sin rastro de maldad. Un mechón de pelo rebelde caía sobre uno de sus ojos dándole un aspecto de joven travieso que para ella resultó de lo más atractivo.
Sentada en la mesa contigua Helen y sus amigas charlaban pero ella no podía apartar los ojos de aquel joven sentado a pocos metros. De repente las miradas de ambos se cruzaron y se quedaron prendidas una de la otra, parecía que no podían dejar de mirarse y aunque el contacto visual duró apenas unos segundos, ellos siempre pensaron que habían pasado varios minutos. La primera en retirar la mirada fue Helen que, completamente ruborizada, no sabía qué hacer con sus ojos, ni con sus manos. Una risa nerviosa, que no pudo reprimir, escapó de sus labios.
Nunca podría precisar cómo ni cuándo sucedió pero un momento después las dos mesas estaban juntas y el grupo de chicos estaba sentado junto al de Helen y sus amigas; ni, cómo poco después, ambos bailaban en la pequeña pista que había al fondo del local.
Helen se sentía mareada no tanto por la cerveza que había tomado como por las mariposas que notaba revolotear en su estómago. Estaban bailando muy juntos, casi sin moverse, pero conscientes el uno del otro, del casi imperceptible temblor de sus labios, del calor que desprendían sus cuerpos. Notaba la respiración de Harry junto a su oído y con la cabeza apoyada en su hombro casi podía notar el sabor de la piel de su cuello.
Aquella noche fue mágica para los dos, fue su primera noche juntos y Helen siempre la recordaría porque fue la mejor noche de su vida y el fin de sus sueños.
Empezaron a verse a la salida del instituto, Harry la esperaba apoyado en su destartalada furgoneta y Helen sólo podía ver aquellos ojos negros donde perderse, aquellos brazos robustos, aquellas manos grandes y fuertes pero, a la vez, tan tremendamente tiernas, que cuando recorrían su cuerpo le hacían perder el sentido.
Acabó el curso con el verano y comenzó a trabajar en el pequeño salón de belleza de Dona Carson, quería reunir la experiencia y el dinero necesarios para poder establecerse por su cuenta en un futuro cercano.
Su relación con Harry se hacía cada día más fuerte y sentía en su interior que le amaba, necesitaba sus besos como necesitaba respirar, necesitaba estar cerca de él para sentir que la vida tenía algún sentido y la pasión que existía entre ellos era el motor que les hacía levantarse cada mañana, para que las horas del día pasasen rápido y llegase pronto el momento de encontrarse de nuevo.
Era una noche de luna llena, luminosa y cálida. Se encontraban en lo alto de un pequeño cerro donde la suave brisa de la noche mecía las hojas de los árboles y cuyo sonido se unía al sinfín de ruidos nocturnos. A sus pies el gran valle se extendía hacia el horizonte.
Helen y Harry estaban sentados el uno junto al otro sobre una pequeña manta y observaban el paisaje nocturno con un silencio reverencial, como si el hecho de hacer algún sonido pudiese romper la belleza del momento.
El brazo de Harry rodeaba la cintura de Helen y ella apoyaba la cabeza en su hombro. Él comenzó a acariciar su brazo, su espalda y ella pudo sentir la calidez de su mano atravesando el fino vestido de algodón que llevaba aquella noche. Giró la cara hacia Harry buscando sus labios y ofreciendo la calidez de los suyos, fundidos en un largo y apasionado beso. Sus respiraciones se transformaron en una sola y sus cuerpos se buscaron con deseo irreprimible. Echados uno junto al otro, Harry recorría despacio el cuerpo de Helen y cada caricia era un escalofríode placer.
La besó en los labios, bajando despacio por su cuello, sus hombros descubiertos, sus pechos...
Casi sin darse cuenta estaban desnudos sobre la pequeña manta, podían verse iluminados por la clara noche y envueltos en la fragancia que desprendía la tierra. Podían sentirse, reconocer su olor. Se dejaron llevar por la pasión que les producía el contacto mutuo.
Helen siempre recordaría el placer inmenso que sintió cuando Harry entró en su cuerpo, un gemido escapó de sus labios y oleadas de deseo la invadieron. Sus piernas rodearon las caderas de Harry, su cuerpo era una ofrenda de amor donde él podría perderse...
Aquella noche, sobre aquel cerro, sólo la luna, las estrellas y la oscuridad fueron testigos del acto de amor donde dieron rienda suelta a su deseo y a toda la pasión que llevaban dentro.
Sólo semanas después Helen supo que había quedado embarazada. Toda la pasión, todo el placer, se había tornado preocupación. ¿Qué iba a hacer?
Sin tiempo para reflexionar sobre si quería o no casarse, Helen contrajo matrimonio con Harry. No hizo falta que pasara mucho tiempo para que comprobase que había sido un error. Él fue un buen marido y un excelente padre para Sarah pero Helen comprobó que la inicial pasión pronto se convertiría en desamor y reproches.
El divorcio ni siquiera fue una opción para ella, había cometido un error y tenía que afrontarlo. El precio pagado por ese error había sido muy alto: toda una vida de infelicidad.
Cuando Helen se levantó a la mañana siguiente, Sarah ya no estaba en casa. La noche anterior, después de su discusión, su hija había salido y ella no sabía dónde había ido. Se quedó despierta en su cama esperando a que regresara. Volvió muy tarde. Después de sentirla en casa, Helen se durmió.
Quería encontrarse con Sarah por la mañana antes de que se fuera a trabajar. Necesitaba aclarar algunas cosas pero había salido muy temprano.
Pensaba todo esto mientras preparaba mecánicamente el desayuno y el almuerzo para Paul. En pocos minutos pasaría el autobús del colegio.
Despidió al niño en la puerta de casa. Le dio un beso y le dijo adiós con la mano. Se preguntó por qué su relación con Sarah no era así.
Regresó a la cocina y se preparó un café bien cargado. Tenía que pensar y reflexionar sobre todo lo acontecido.
Necesitaba sus pastillas. Fue a su habitación, las pastillas estaban sobre la cómoda. Alzó la vista y se encontró con su reflejo en el espejo del tocador. ¿Realmente la mujer que la miraba era ella? ¿Dónde había quedado aquella muchacha llena de ilusiones, de proyectos y de sueños?
Jamás se habría imaginado que aquella joven idealista y llena de vida acabaría convertida en lo que era: una mujer amargada, una mujer que no quería a su hija, que nunca quiso a su marido, que... No pudo continuar. El llanto se apoderó de ella. Nunca se había dicho a sí misma todas estas cosas. Le dolía admitir que nunca había amado a Harry, que... Su mirada se posó sobre la foto que tenía sobre el tocador: era una foto de familia. Harry y Sarah jugaban en el jardín, ambos parecían muy contentos; en el lateral aparecía Helen, ceñuda, con su permanente mueca de disgusto en la cara.
No recordaba quién había sacado esa fotografía aunque sí recordaba cuándo había sido tomada. Celebraban el séptimo cumpleaños de Sarah; la foto la habían tomado en el jardín. Los dos parecían estar disfrutando mucho, no como ella.
Suspirando, se tendió en la cama. ¿Por qué? ¿Por qué había tenido una vida que no la llenaba? ¿Por qué sentía la necesidad de hacer daño a quién más quería? Sí, ella quería a Sarah, quizá no se lo demostrara, había puesto todas sus esperanzas en ella y la había defraudado...
En este punto de sus reflexiones Helen se detuvo. No podía creer que fuera tan egoísta, que estuviera cargando sobre su hija todos los errores que ella había cometido en su juventud...
Se paró a reflexionar cómo había sido la vida con Harry. Habían estado casados más de veinticinco años y nunca había existido entre ellos una complicidad, una intimidad, nunca habían compartido sus sueños y esperanzas... Realmente había sido Helen la que había establecido una barrera infranqueable entre ambos; culpaba a Harry por no haber podido cumplir sus sueños y, lo que era peor, también culpaba a Sarah...
Se dio cuenta de que había pasado toda su vida culpando a los demás por algo que ella hizo, por haber vivido la vida que otros le señalaron... ¡qué ironía! y ahora ella estaba haciendo lo mismo con Sarah, ¿es que acaso pretendía que Sarah acabara como ella, sola y amargada?
El sonido del teléfono la sacó de sus pensamientos. Contestó. Era Dona. Le tocaba abrir el centro de estética, tenía que darse prisa.
Suspiró. Se levantó. Se vistió y salió, como hacía cada mañana de los últimos treinta años, hacia el trabajo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
