El amor y el odio son las pasiones que mueven el mundo. Escribir sobre ellas es mi pasión, sólo espero que leer mis palabras sea la tuya.
Clara.

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martes, 15 de mayo de 2012

CHRISTMAS SUN 9


Caminaron uno al lado del otro, cada uno absorto en sus pensamientos. Asunción sentía una emoción ya casi olvidada, involuntariamente sonreía. Se sentía en paz. Por su mente pasaron fugazmente recuerdos de su infancia, ¡cuánto le gustaban los columpios de la plaza Mayor! Recordó cómo conseguía convencer a su padre a base de carantoñas y besos para que la llevara cada tarde a merendar y a jugar allí. No importaba el cansancio de Francisco después de una larga jornada en la vaquería, pues con una sonrisa de Asunción desaparecía rápidamente.

Volvió a sonreír. Se preguntó si era posible que pudiera sentirse a gusto en Pozuelo, si podría aguantar algún tiempo sin sentir la necesidad de salir de aquel minúsculo pueblo, intentaba encontrar los motivos por los que decidió huir de allí. Ahora, ya no le parecían tan importantes. La sensación de angustia comenzaba por primera vez a desaparecer. Su jaula se desmoronaba poco a poco.

Entró en casa. Sus padres la esperaban terminando de poner la mesa para cenar. Sentados ya en la mesa quiso compartir con ellos la decisión que acababa de tomar.

-Me han hecho una propuesta que no voy a rechazar –dijo con decisión Asun.

Sus padres se miraron extrañados. Se volvía a marchar de Pozuelo y por eso estaba contenta. Tan solo había llegado hacía unos días y una vez más los volvía a abandonar. Se desvanecía la alegría de volver a tener a su hija junto a ellos. Únicamente podían resignarse ante el camino que Asun había decidido recorrer.

-No me miréis así. Tranquilos. He decidido ayudar a Roberto, el director de la escuela, en la preparación de la fiesta de Navidad del colegio –dijo Asun -¿Qué os parece?

Pilar y Francisco se miraron durante unos segundos. No podían creer lo que acababan de escuchar. Invadidos por la alegría y la sorpresa no eran capaces de articular palabra. Incrédulos miraban a Asun, sonreían, y volvían a mirarse uno al otro. No reconocían a su hija. ¿Qué había ocurrido para aquel repentino cambio de actitud?

-¿Estás segura de lo que vas a hacer? –preguntó su padre.

-Claro que sí, papá. Me vendrá bien distraerme durante estos días, además tampoco hay mucho más... –intentaba explicarse Asun cuando su padre la interrumpió.

-No, ayudar en el pueblo no es una distracción, ni tampoco un juego. No puedes llegar y pretender hacer y deshacer como quieras. No te lo tomes como si fuera uno más de tus caprichos –contestó Francisco en tono severo.

-Bueno, si Asunción lo ha decidido así, ya es mayor para saber a qué se compromete –intentaba apaciguar su madre.

Asun ya no escuchó a Pilar. Por un momento sintió la necesidad de contestar a su padre. La había ofendido, ella ya no era una niña y no podía consentir que se dudara de su sentido de la responsabilidad de esa manera. Su corazón se aceleró. No entendía por qué le hablaba así. Debía apoyarla, debía estar muy contento porque iba a ser un primer paso para volver a integrarse en el pueblo. No veía alegría alguna en el rostro de su padre y esto le causaba mucho dolor. Si sus padres siempre habían querido que ella viviese en el pueblo, si su marcha supuso un fuerte varapalo que les costó mucho superar, ¿por qué había sido esa la respuesta? No entendía la reacción de su padre.

Empezaron a cenar. Asun continuaba en silencio mientras sus padres charlaban animadamente en relación al nacimiento en el pueblo de trillizos hacía un par de semanas. Pilar había ido a visitar a la familia.

Con el paso de los minutos Asun volvió a serenarse poco a poco. Muchas y muy diferentes ideas, pensamientos y reproches pasaban por su mente sin tiempo, a veces, para entenderlas. De repente recordó la conversación con la señora Angelita y con Santiago, el cartero, en el bar. Observó a su padre detenidamente. La emoción de la ira dejaba paso a un sosiego casi sorprendente. Sus miradas se cruzaron. Asun sonrió, y su padre le correspondió guiñándole un ojo. Ahora entendía todo. La respuesta de su padre tenía sentido. En aquel momento sintió como si su pecho se expandiese, de su corazón brotaba amor, un amor ya casi enterrado que resurgía con toda su fuerza. Entendió perfectamente que su padre había sentido miedo. Miedo a pensar por un instante que Asun podía ser feliz allí. No podía dejarse llevar por el instantáneo renacer de tan inmensa dicha: volver a tener a su hija a su lado. De la única manera que supo y pudo protegerse de este deseo fue poner en duda el compromiso que iba a aceptar Asunción. Entendió también que una nueva decepción haría demasiado daño a su familia.


martes, 8 de mayo de 2012

CHRISTMAS SUN 8


Durante unos minutos permaneció plantada en la puerta del bar de la señora Angelita. Sabía que tenía que disculparse, no había ninguna razón que excusase el grosero comportamiento que había tenido con Roberto. Pero, ¡maldición! ella era Sun Martin y no había llegado donde lo había hecho disculpándose. De pronto, interrumpió sus pensamientos, ¿dónde había llegado exactamente? Había vuelto al punto de partida, al lugar del que había salido hacía ya muchos años. De nada había servido todo su talento, todo su orgullo, toda su arrogancia... Nada había valido.

Decidió no darle más vueltas a todo aquello. Tenía que disculparse. Subió la cremallera de su chaquetón; apretó los dientes y comenzó a andar en dirección a casa de Roberto. Caminó con paso firme hasta que divisó la enorme casona. Allí se detuvo y comenzó a pensar qué iba a decirle; quería excusarse pero no sabía cómo. No podía recordar cuánto tiempo hacía desde la última vez que había tenido que disculparse. Pensaba en cómo iniciar la conversación, en cómo se iba a comportar Roberto con ella después del modo tan infantil en que había actuado. De nuevo, ajustó su chaquetón y decidida atravesó el pequeño jardín de entrada de la casa. Se paró frente a la puerta de entrada sin decidirse a llamar al timbre. Desde el interior, los ladridos de Tango y Cash la sobresaltaron. De repente, la puerta se abrió y Roberto apareció luciendo una sonrisa resplandeciente.-Adelante, pasa. No te asustes por los perros. Me alegra volver a verte.

Asunción estaba sorprendida. ¿Por qué aquel hombre actuaba como si no pasara nada?

-Bueno, gracias, verás yo he venido a explicarte lo de antes... Supongo que no te habrás llevado una buena impresión de mí... Yo normalmente no soy así. Bueno, sí lo soy pero sé que no debería... Quiero decir que... –las palabras se atravesaban en su garganta. No sabía qué estaba diciendo ni qué quería decir. Aquel hombre la turbaba enormemente –Cuando quieras me paras, no te cortes –dijo Asunción con una tímida sonrisa.

Me estaba encantando tu discurso. Tengo entendido que eres una magnífica periodista y por lo que he podido escuchar tienes un gran dominio del lenguaje –contestó él con una sonrisa pícara –Venga, pasa, si no acabaremos los dos congelados. Creo que va a empezar a nevar en un par de minutos.

Asunción asintió con la cabeza y ambos entraron en la casa. El vestíbulo era enorme y allí junto a la puerta había un enorme arcón que parecía muy antiguo. En el perchero había colgados varios abrigos, un par de bufandas y un gorro. Junto a la puerta, había un par de viejas botas desgastadas.

-No soy lo que se dice un hombre demasiado ordenado, como habrás podido comprobar.

-Oh, disculpa, no quería parecer indiscreta. Es sólo que... –no sabía cómo terminar esa frase.

-Venga, estaba de broma. Pasa al salón tengo la chimenea encendida, estaremos más calentitos. Déjame tu chaqueta, la colgaremos aquí.

Asunción se quitó el chaquetón y Roberto pudo comprobar su apabullante belleza. Llevaba unos ceñidos vaqueros negros y un jersey negro de cachemira de cuello alto. Asunción se sentó en un amplio sofá de piel junto a la ventana, desde la que podía observar el inmenso prado nevado que se extendía frente a la casa. Por primera vez en mucho tiempo se sintió en paz.

-¿Puedo ofrecerte algo? –preguntó él cortés.

-No, no será necesario –contestó ella saliendo de su ensimismamiento –No quiero molestar. Sólo he venido a ofrecer mi colaboración en el festival de la escuela, puedo también ayudar con la decoración y con...

-Vamos por partes. No molestas. Yo voy a prepararme un chocolate caliente para merendar, si quieres te preparo uno y hablamos largo y tendido del festival, ¿de acuerdo?

Asunción asintió con la cabeza y se arrellanó en el sillón. Continuó disfrutando de las vistas hasta que sintió que sus ojos se cerraban. Trató de luchar contra la somnolencia que comenzaba a apoderarse de ella, pero todo su esfuerzo fue en vano. Cuando Roberto regresó trayendo las dos tazas de chocolate, la encontró completamente dormida, abrazada a sí misma.

Depositó las tazas sobre una mesita auxiliar colocada justo frente al sillón y arropó a Asunción con una de las mantas que cubrían el sofá. A su vez, él cogió el libro que descansaba sobre el aparador y se tumbó sobre el sofá dispuesto a terminar aquel libro que tanto le estaba costando leer. Pronto los ojos comenzaron a pesarle y finalmente se durmió. Apenas cinco minutos después un golpe sordo le despertó. Se incorporó sobresaltado y miró a su alrededor. Asunción trataba de recoger los restos de la taza de chocolate que acababa de tirar, ¿cómo había podido quedarse traspuesta en casa de Roberto?

-Vaya, parece que no doy una contigo. Primero me comporto como una energúmena y ahora rompo tu taza –se excusó Asunción, avergonzada.

-Sí, realmente eres una mujer encantadora –dijo él con sorna –Vamos a recoger y luego hablamos de tu participación en el festival, me encanta que hayas cambiado de opinión.

Ambos se pusieron manos a la obra y en un par de minutos, todo estuvo recogido. Finalmente, sentados juntos en el sillón, comenzaron a hablar del festival.

-¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? Me pareció muy creíble tu primera negativa –preguntó él muy serio.

-No me lo recuerdes, me siento muy avergonzada –contestó Asunción ruborizada -Pero no ha habido un qué que me hiciera cambiar de opinión, ha sido más bien un quién.

-¿Y puedo saber a quién tengo que agradecerle este cambio de opinión? –dijo él acercándose a ella y mirándola fijamente a los ojos.

Instintivamente Asunción se alejó de él. Aquel hombre le resultaba perturbador.

-Ha sido la señora Angelita, creo que está enamorada de ti. Te ha puesto por las nubes y claro, después de todo lo que ha dicho no me quedaba más remedio que venir aquí a implorar tu perdón –bromeó.

-Creo que le debo una. Mañana mismo la invito al cine –replicó jovial.

Asunción y Roberto hablaron hasta que el reloj del salón marcó las nueve de la noche. Cuando terminaron, la nieve llevaba un buen rato cayendo. Roberto se ofreció a acompañarla a casa. Ella aceptó.

martes, 1 de mayo de 2012

CHRISTMAS SUN 7


Asunción apretó el paso. Quería escapar, huir… No podía creer lo que acababa de suceder. ¡Mira que caerse! Y justamente delante de aquel hombre. Un momento, se dijo, ¿por qué justamente delante de aquel hombre? No podía negar que sentía cierta atracción por él. La idea la asustó, ¿cómo era posible? Ella, Sun Martin, atraída por alguien como él: un hombre que vivía en aquel pueblo perdido de la mano de Dios, en una casa aislada, rodeado de... ¡nada! Agobiada, metió la mano en su bolso y buscó su paquete de cigarrillos, necesitaba fumar. El paquete estaba vacío. Menudo momento para quedarse sin tabaco, pensó. Se detuvo. ¿Dónde iba a comprar tabaco? Parada en medio de la plaza observaba todo a su alrededor. Algunos niños corrían en torno a la fuente, un par de mujeres conversaban bajo los soportales y un hombre salía con un paquete de cigarrillos en la mano. Asunción siguió con la mirada el lugar del que había salido y con paso firme se dirigió hacia allí.

Empujó la puerta con suavidad y un soplo cálido le acarició el rostro. Entró y lo que vio la sorprendió. Esperaba encontrar un bar anclado en el pasado y sin embargo, la realidad era muy distinta. Era un espacio amplio y diáfano, de suelo de piedra y paredes pintadas en tonos suaves. La barra, decorada con azulejos en tonos grises y marrones, ocupaba toda la pared situada justo enfrente de la puerta de entrada. En un lateral, varias mesas de madera maciza, ocupadas por varios parroquianos.

La señora Angelita, faenaba tras la barra, preparando algunos cafés. Asunción buscó la máquina de tabaco y la encontró tras una columna situada a la izquierda de la sala. Insertó las monedas necesarias y marcó su selección. Esperó. Nada. La máquina se había tragado su dinero, ¡maldito pueblo! ¿Podía sucederle algo peor?

Resoplando y resignada se acercó a la barra. La señora Angelita seguía ocupada con más cafés; carraspeó.

-Ejem, ejem.

La señora Angelita se dio media vuelta y al verla esbozó una gran sonrisa.

-¡¡Asunción, Asunción!! ¡Qué alegría verte de nuevo! –dijo al tiempo que salía de detrás de la barra y le plantaba dos sonoros besos en ambas mejillas. La abrazó fuerte.

Asunción estaba demasiado sorprendida para reaccionar, se había acostumbrado a vivir sin ese contacto físico tan común en España.

-Pero déjame que te vea, cariño, estás preciosa. Hay que ver cuánto has cambiado, cuando saliste de aquí no eras más que una chiquilla y ahora, mírate... Estás hecha toda una mujer –dijo la señora Angelita mirándola de arriba abajo –Cada día te pareces más a tu madre, que también era una belleza.

-Angelita, vienen esos cafés, ¿o qué? –preguntó uno de los parroquianos que estaba sentado en una de las mesas jugando al dominó con otros hombres.

-Miguel, ya voy, ya voy –dijo la señora Angelita llevando la bandeja con dos cafés y un par de cortados –Querida, siéntate en la barra. Tenemos mucho de lo que hablar.

Mecánicamente Asunción se sentó en uno de los taburetes. Miró las fotos colgadas en las paredes del local; fotos en tonos sepia de los rincones más bellos de la comarca: la ermita situada en lo alto de la montaña, el valle en primavera, una vista de Pozuelo desde una colina cercana...

-Ya estoy aquí guapa, ¿te gusta cómo ha quedado el bar? Mi hijo, que era interiorista en Madrid, ha decidido volver al pueblo a montar un hotelito rural y me ha ayudado con la reforma. Creo que el pueblo tiene un brillante futuro. Sólo necesitamos que los jóvenes vuelvan aquí. Mi hijo y mi nuera han vuelto y han traído a mi nieto. Hace ya algunos años que volvieron a abrir la escuela, no sabes cuánto bien hace tener niños otra vez en el pueblo. Al principio no teníamos maestro nadie quería...

-Disculpa, Angelita, yo venía a por... –la interrumpió Asunción cansada de tanta cháchara.

-Cariño, perdona, te pongo un cafelito. Es que hacía tanto tiempo que no venías por aquí –dijo sirviéndole una taza de humeante café.

-Bueno, yo quería algo más... –comenzó Asunción.

-Disculpa, cielo, con este frío probablemente querrías un licorcito para entrar en calor. Toma, prueba este licor. Lo hago yo misma con las hierbas que recojo en el monte, es una receta secreta –dijo guiñándole un ojo y sirviendo dos copas –Brindemos por tu regreso, todos estamos muy orgullosos de lo que has conseguido.

Asunción no conseguía articular palabra. Demasiada información se mezclaba en su cabeza. Tomó el vaso y probó el licor. Estaba delicioso. Un agradable calorcito recorrió su cuerpo y la reconfortó. De repente, se sintió en casa. Era una sensación maravillosa, hacía ya muchos años, demasiados, que no se sentía así. Notó, no sin asombro, que le interesaba lo que le estaba contando la señora Angelita.

-Así que hace poco que han vuelto a tener escuela. Cuando yo era pequeña éramos bastantes niños, más de cien creo recordar –su memoria se trasladó a los días felices de su infancia, a los juegos en el patio y a su vieja maestra, Doña Margarita, que fue quien la animó a dedicarse al periodismo -¿Cuándo cerraron la escuela?

-Vamos a ver –dijo la señora Angelita tratando de hacer memoria –creo que fue un par de años después de que te marcharas a estudiar a Madrid. Durante mucho tiempo en este pueblo no hubo ni un solo niño. Afortunadamente, en los últimos tiempos los niños han vuelto y ahora en la escuela ya tenemos casi veinte.

-¿Y me decía que nadie quería hacerse cargo de la escuela? –preguntó Asunción con verdadero interés.

-No, aquello fue muy duro. Por fin volvían los niños a Pozuelo y no podíamos abrir la escuela. Durante casi un año estuvimos buscando y buscando. Menos mal que apareció Roberto. Los niños le adoran y nosotros también. Ha hecho mucho por este pueblo. Cuando llegó, la escuela era un viejo caserón que asustaba a los niños. Él lo ha convertido en un centro que todos los vecinos podemos usar. Ha organizado actividades extraescolares para los chavales e incluso ha organizado clases para adultos. La verdad es que no sé de dónde saca tanta energía y tantas ideas. Es un gran hombre.

-Caramba, Angelita es casi como un santo –bromeó Asunción.

-Bueno, aquí le queremos todos mucho. Es un hombre muy amable aunque muy reservado. Compró el viejo caserón que está a la entrada del pueblo. Parece que no le gusta mucho tener vecinos cerca aunque no sé muy bien por qué... Aquí todos le adoramos, hace mucho por la comunidad ¿Tú sabes la cantidad de tiempo que hacía que no teníamos una fiesta de Navidad? Los niños están entusiasmados, todos vamos a participar. Yo soy la encargada de las provisiones. Voy a preparar mis famosos mazapanes, llevan mucho trabajo pero merece la pena. Todos estamos ilusionadísimos. Querida, ¿te pasa algo? –se interrumpió al ver la palidez que había cubierto el rostro de Asunción.

-No, no es nada ¿Cuánto te debo? Tengo que hacer una cosa –Asunción se sentía realmente fatal. Se avergonzaba de sí misma y de su comportamiento.

-No, cielo. Aquí hoy no vale tu dinero. Me conformo con que vengas más a menudo por aquí. Me encantará saber todo lo que has hecho durante todos estos años. Dame un beso –y unió su frase con la acción.



Asunción, se dirigió hacia la salida pensando en cómo iba a disculparse con Roberto cuando alguien la cogió de la mano.

-Asunción, ¿eres tú? Todo el pueblo está hablando de tu regreso.

Se giró hacia su interlocutor y se encontró frente a un hombre de unos setenta años. De alta estatura y pelo cano. Sus profundos ojos azules la miraban con cariño.

-¿No te acuerdas de mí? Soy Santiago, era el cartero. La cantidad de veces que hemos merendado juntos. Soy muy amigo de tu padre. No sabes lo que ha presumido de hija durante todos estos años. Tu padre es muy pesado, que si mi hija ha aprobado la carrera con matrícula, que si le han dado una beca de trabajo en Estados Unidos, que si la han contratado en una revista importantísima, que si es redactora jefa, que si Asunción esto, que si Asunción lo otro... No sabes lo pesado que se ponía. Espero que ahora que estás aquí deje de hablar tanto de ti, ¡ja, ja! Aunque ahora viéndote entiendo lo orgulloso que se siente.

Aquello ya fue demasiado para Asunción, ¿su padre orgulloso de ella? ¿Le estaba tomando el pelo? Le observó con detenimiento. Parecía sincero. La cabeza le daba vueltas, nada era como ella había creído que era... Murmurando una excusa se despidió y salió a la fría calle.


martes, 27 de marzo de 2012

CHRISTMAS SUN 2


Desde su amplio salón tenía una vista privilegiada sobre Central Park. Le encantaba el parque en invierno… y ahora iba a tener que renunciar a todo aquello. ¿Por qué le había hecho caso a William? ¿Por qué había dedicado el maldito editorial de Navidad a toda aquella basura que había salido de la sucia mente de aquel pseudo intelectual? Le maldijo una y cien veces. Fue entonces cuando reparó, ¿dónde se había metido?
Recorrió metro a metro su espacioso apartamento. No estaba en la habitación, ni en el despacho, ni siquiera en el estudio que se había habilitado junto a la cocina y en el que él decía que había encontrado la inspiración. De un golpe, tiró los lápices y los bolígrafos que estaban sobre el escritorio. Irritada, salió y se dirigió a su mueble bar, se sirvió una buena copa de vodka, solo, sin hielo.
No supo cuánto tiempo había pasado allí sola, en silencio. Las luces de Navidad del parque al encenderse la hicieron volver en sí. ¿Qué pasaba? Notaba que algo raro sucedía. De nuevo recorrió su apartamento.
En la habitación confirmó aquello que ya sabía de forma inconsciente: William se había ido, ya no quedaba nada de él. Los armarios estaban vacíos; en el baño, no quedaba ni rastro de sus cosas y hasta habían desaparecido sus montañas de libros, que Sun pensaba que nunca había leído.
Rabiosa, marcó su número de teléfono. Impaciente, esperó… “Ha sido imposible contactar con el número marcado, vuelva a intentarlo más tarde”. Se odió a sí misma por llamarle y le odió a él por ser tan cobarde.
Volvió al mueble bar y tomó la botella de vodka. Llenó la bañera y se metió en ella. No sabía por cuánto tiempo iba a poder mantener esa casa, necesitaba un nuevo trabajo, un nuevo novio y una nueva vida. La suya estaba desmoronándose.
Las gotas de lluvia golpeando contra su ventana la despertaron. La cabeza le iba a estallar. A duras penas llegó hasta la cocina y se preparó un café muy cargado. Al sorberlo, sintió un intenso pinchazo en la sien. Se dirigió al baño y se miró al espejo. Lo que vio no le gustó. ¿Quién era aquella mujer hundida y sin vida que la miraba desde el espejo? Nadie habría reconocido en ella a la influyente redactora de Top Fashion. Ella, que se jactaba de siempre estar perfecta, de no dejar que nada ni nadie se interpusiese en su felicidad y que presumía de tener siempre lo que quería… ¿quién era esa perdedora? Ese pensamiento la espoleó. No era una mujer que se dejase hundir.
Se duchó con agua fría; aquello la despejó. Se aplicó la leche corporal frente al espejo: mientras lo hacía se observaba con ojo crítico. Era una mujer impresionante, de curvas rotundas. Lo sabía y se sacaba provecho. Desnuda, fue a su vestidor. Era muy importante que en su primera aparición tras su debacle su aspecto fuera perfecto. No iba a darle a nadie la opción de verla hundida.
De entre su amplio vestidor eligió un vestido verde de un punto que se ajustaba perfectamente a aquel cuerpo por el que muchos suspiraban. Recogió su larga melena morena en un sencillo y elegante moño. El maquillaje era discreto pero efectivo. Por último, se calzó sus botas de altísimos tacones y el gran bolso de ante.
En la calle, un viento gélido le cortó la respiración. Se ajustó su carísimo abrigo de piel. Carlos, el portero de su edificio, la saludó cortés.
-¿Quiere usted un taxi, señorita Martin?
-Gracias –contestó sin mirarle.
Mientras el taxi se dirigía a su destino, Sun iba pensando qué iba a decir exactamente. La revista Actitud había estado deseando contratarla desde hacía más de dos años, quizá a fin de cuentas no fuera tan difícil…
-Sun, querida, sabes que te adoro y que me encantaría que trabajaras con nosotros…
-¿Pero? –preguntó impávida Sun. Conocía la respuesta pero necesitaba escucharla.
-Querida, sabes bien lo que pasa. Ese editorial… Te metiste con quien no debías y no lo hiciste de un modo muy elegante. Contratarte ahora mismo sería un suicidio. Quizá deberías intentarlo en otro lugar.
-¿Los Ángeles? –preguntó con una mueca de disgusto.
-Yo más bien estaba pensando en algún lugar como Emiratos Árabes –contestó con una risa maliciosa.
-Entiendo. Gracias por atenderme -dijo mientras se despedían con un apretón de manos.
Decidió que debía comer algo, apenas si había probado bocado en las últimas veinticuatro horas. Caminó por la Quinta Avenida absorta en sus pensamientos:
-Maldita zorra, maldita zorra, ¡cómo ha disfrutado! ¡Cómo me ha humillado! ¡Emiratos Árabes! Zorra sin talento. Cuánto tiempo habrá estado esperando este momento, cuánto tiempo. ¡Nadie trata así a Sun Martin! Juro que se tragará sus palabras, todas y cada una de sus estúpidas palabras.
La visión de Zorba, su restaurante favorito, aplacó sus ánimos. Saludó a Tony, el portero, y pasó al interior. Decenas de personas esperaban su mesa. Adelantándose a todas ellas se abrió paso hasta Kimberley, la encargada de las reservas.
-Hola, cielo, necesito un vodka bien cargado –dijo mientras se dirigía a su mesa de siempre.
Algo raro sucedió entonces. La discreta, amable y atenta Kimberley le cerró el paso.
-Señorita Martin, lo siento. Hoy tenemos el local completo. Tendrá que esperar unos minutos, hay mucha gente esperando.
-Kimberley, soy yo, Sun. ¡¿Qué coño os pasa a todos?! ¡¿Os habéis vuelto gilipollas o qué?! –su perfecta y estudiada tranquilidad finalmente había dado paso a su verdadera indignación, ¿cómo esa simple camarerucha que le había suplicado millones de veces una invitación para alguna de sus fiestas se atrevía a tratarla así?
No le dio tiempo a pensar más. Discretamente fue invitada a abandonar el local, jamás se había sentido más humillada.
Roja de rabia, ira, vergüenza y humillación tomó un taxi. Volvía a casa, necesitaba pensar con calma.
Nada más poner un pie en el vestíbulo de su elegantísimo y carísimo edificio supo que su aciago día aún no había terminado. Reunidos allí estaban los miembros de la comisión que decidía a quién se alquilaba y a quién no se alquilaba uno de aquellos apartamentos. Sun había sido admitida sin reservas un par de años atrás y ahora sabía a qué se debía aquella amistosa reunión.
-No os molestéis, sé lo que vais a decir. Dejadme un par de meses y me largo de aquí –dijo tratando de aparentar una calma que no sentía.
-Señorita Martin, su contrato de alquiler expira la próxima semana y visto que todos sabemos que no podemos renovarlo, necesitamos que lo abandone antes del próximo lunes –espetó el presidente de aquella comisión.
-¡Pero si es viernes! ¿Cómo esperáis que organice una mudanza en sólo…? –Sun se interrumpió sabía que aquello únicamente evidenciaría su debilidad y no les iba a dar ese gustazo a esos cabrones arrogantes –Perfecto, el domingo estaré fuera. Y ahora si me disculpáis –dijo mientras llamaba al ascensor.
La puerta del ascensor se cerró. Sun se derrumbó. No quería llorar; no al menos hasta no estar en la soledad de su apartamento. En la planta vigésimo quinta el ascensor se paró. Derrotada Sun introdujo la llave en su cerradura, ¡qué raro! ¿No había cerrado con llave al salir?
Sigilosa se introdujo en su apartamento. Había luz en el estudio, no era posible que el miserable…
Se descalzó y se acercó hasta allí. Se recostó en el quicio de la puerta y con voz melosa preguntó:
-¿Eres tú, vida mía? Sabía que no me dejarías –dijo mientras le lanzaba el primer libro que tuvo a mano.
William no pudo esquivar el golpe. No la esperaba. Sólo había vuelto porque había olvidado allí el manuscrito de su novela. Estaba seguro de que esa iba a ser la novela que lo catapultaría a la fama y que lo colocaría al nivel de Scott Fitzgerald, Bukowski, Faulkner y todos los grandes novelistas americanos del siglo XX.
No tenía talento y lo sabía pero también era perfectamente consciente de que tenía una aureola romántica que le procuraba ciertas influencias. Procedía de una familia adinerada dedicada a inversiones bursátiles que no había visto con buenos ojos que el mayor de sus hijos decidiera dedicarse a la literatura. William había suplido la falta de apoyo económico familiar rodeándose de gente de la que podía sacar algún provecho. Primero, la señora St. James una afamada escritora, ganadora de varios premios Pulitzer, que le había introducido en los círculos intelectuales. Después, Marcia Jones una prestigiosa editora que consiguió publicar algunas de sus novelas. Finalmente, Sun Martin, una de las más poderosas e influyentes de las periodistas de Nueva York, que lo encumbró entre las celebridades más admiradas y seguidas. Ahora que Sun había caído en desgracia sabía que su tiempo juntos había finalizado. No quería una escena y aquello no tenía que haber sucedido, ¡¡¿¿cómo demonios había sido tan estúpido para olvidar su novela??!!
Tenía que salir de aquella situación. Con la más encantadora de sus sonrisas se volvió hacia Sun.
-Amor, te estaba esperando –dijo atrayéndola hacia sí y besándola con pasión. Aquello no le supuso un gran esfuerzo, Sun realmente le excitaba y siempre habían disfrutado de un sexo alucinante.
Sun trató de resistirse, pero desde el primer momento supo que iba a ser inútil. Había sido el peor día de su vida y necesitaba un poco de cariño. No le quería. Nunca lo había hecho pero había sido un agradable compañero con el que dejarse ver en la ciudad. Podrían irse a vivir a la casa de los Hamptons de su familia. Quizá si fuera capaz de retenerlo…
Le besó con una fuerza y un ímpetu que sorprendieron a William, esperaba encontrar un poco más de resistencia. En fin, se dijo mientras la desnudaba, aquello iba mucho mejor de lo que esperaba. Ambos se entregaron con pasión y pasaron una noche de lujuria desenfrenada. Al llegar la madrugada Sun se durmió. Había sido un día muy intenso…
Despertó bien entrada la mañana. Los fríos rayos de un pálido sol de invierno se colaban en su habitación. Lentamente abrió sus ojos. Sabía que él no estaba. Permaneció un par de horas más en la cama. Tenía que pensar qué iba a hacer con su vida. Tenía algún dinero ahorrado, podría vivir un tiempo con bastante desahogo aunque no con el mismo nivel de vida. Pensó que no iba a dejar que nadie lo supiese.
Se levantó de la cama y paseó desnuda por su apartamento despidiéndose de todo. Lo único que podía llevarse era su ropa, el resto se quedaría. Allí no había objetos personales ni nada que tuviese ningún valor para ella.
Pasó el resto de la mañana haciendo las maletas. Por la tarde compró un billete de avión. Sólo ida. No sabía si podría hacerlo, pero no tenía más remedio. Tenía que desaparecer una temporada. Reinventarse.
Su avión salía a primera hora de la mañana. No podía postergarlo más. Insegura, marcó el número de teléfono. ¿Qué iba a decir?
-Soy yo. Voy a pasar las Navidades –esperó respuesta. Al no conseguirlo prosiguió -Llegaré mañana –la contestación seguía sin llegar. Colgó.
Al otro lado de la línea telefónica una voz femenina dijo:
-La hija pródiga vuelve a casa.

martes, 13 de marzo de 2012

CHRISTMAS SUN

La semana pasada publiqué el último capítulo de "Las uvas de la pasión". Gracias por vuestros cariñosos  correos electrónicos, jamás pensé que pudiera tener tan buena acogida. A partir de la próxima semana comenzaré a publicar una nueva novela titulada "Chritsmas Sun".
Esta nueva novela será muy distinta a "Las uvas de la pasión" pero no por ello menos interesante. Espero que tenga, al menos, la misma acogida que le disteis a Sarah y Alfred.

Un saludo y muchas gracias a quienes haceis que, este  mi sueño, se esté haciendo realidad día a día.
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