El amor y el odio son las pasiones que mueven el mundo. Escribir sobre ellas es mi pasión, sólo espero que leer mis palabras sea la tuya.
Clara.

jueves, 15 de septiembre de 2011

CAPÍTULO.11



Sarah llegó más temprano que nunca al Taylor’s coffee shop. Necesitaba un lugar donde estar a solas y poder pensar en lo sucedido la pasada noche con William. Sabía que el modo en que había actuado no había sido correcto pero no había podido evitar el comportarse como lo hizo. No estaba preparada para lo ocurrido aunque eso no era excusa y ella lo sabía.
El alcohol y la imagen de Alfred con Anya hicieron que Sarah coqueteara más de lo debido con William. No iba a negar que le encantó, después de tanto tiempo, volver a sentirse objeto de deseo de un hombre y O'connor no era un mal tipo.
Recordaba los besos y las caricias de la noche anterior. Sentía de nuevo la excitación.
Se paró a pensar. Había huido del lado de William, le había dejado solo, sin una explicación. Ni ella misma sabía el motivo. Era un buen hombre; la quería, de eso no cabía la menor duda, y ella tenía ganas de dejarse querer. Alfred había demostrado no ser el hombre que ella creía, no merecía su amor. Se había comportado como un cobarde y ella como una tonta.
Roy entró en el local, cargado con las bandejas. Saludó a Sarah. Tenía cara de cansado. Se preguntó si la causante de las ojeras de Roy no sería Laura. Tenía ganas de contarle a su compañera lo sucedido con William.
-¿Cómo estás princesa?
-Eres un encanto -a Sarah le parecía que Roy era un chico encantador. Laura debería dejarse de andar con unos y con otros,  y centrarse.
Continuaron charlando.
-Tienes cara de cansado -no pudo evitar decirlo.
-Estuvimos hasta tarde en el Country Club. Ayer empezaron los conciertos -dijo Roy con una media sonrisa.
-¿Qué conciertos? -preguntó curiosa la joven.
-Princesa, no te enteras de nada. Todos los años, por estas fechas, el Country Club organiza la semana del rock. Los mejores grupos del valle acuden, ¡es realmente fantástico!- dijo Roy guardando las bandejas más pesadas en el almacén. Acompañó la frase con un movimiento que imitaba al de los guitarristas heavy.
Ella rió. ¡Este Roy no tenía remedio!
Con las bromas no advirtieron que la puerta del Taylor’s coffee shop se habían abierto para dejar paso a un nuevo cliente, que se situó justo a su espalda.
-Hola Sarah.
Ella dio un respingo. Se giró y vio a William O’Connor. Estaba pálido y tenía cara de no haber dormido nada en toda la noche.  Se sintió culpable.
-Buenos días, William -respondió azorada.
En ese instante Roy, que aún estaba en el almacén, gritó:
-Sarah, ¿por qué no nos acompañas el sábado al Country Club? Vienen los Smash, ¡son brutales!
Sarah que continuaba mirando fijamente a William no respondió. Tenía que aclarar las cosas con él. Era un buen hombre y no merecía pasarlo mal por su causa.
Roy salió del almacén. Los vio uno frente a otro mirándose y sin mediar palabra. Dejó el albarán sobre la barra y salió del Taylor’s coffee shop sin despedirse.
-No he pegado ojo en toda la noche, Sarah. No sé qué ocurrió  y créeme que no entiendo nada -William estaba muy serio.
-Te invito a un café -dijo Sarah pasando tras la barra. -Siéntate.
Él  se sentó en uno de los taburetes, la miraba con una mezcla de pena y tristeza. Parecía muy melancólico.
Sirvió dos tazas de café y se sentó juntó a él. Las manos de William descansaban sobre la barra, Sarah las acarició ¡le daba tanta pena!  La miró confundido y retiró sus manos. Sarah sintió que debía explicarse aunque ni ella misma tenía claro qué había pasado.
-William, no sé qué decirte. Me comporté como una idiota. No quería hacerte daño - dijo  quedamente.
-Pues lo hiciste Sarah -había un tono de amargura en su voz.
-Puedo y debo compensarte. Roy nos ha invitado al Country Club, hay conciertos, ¿qué te parece? ¿Nos vemos el sábado? Dime que sí, no me gusta verte tan enfadado conmigo. -Tenía la imperiosa necesidad de ser perdonada por William.
-No estoy enfadado contigo sino conmigo. Creo que te asusté, Sarah, pero ni yo mismo fui consciente de todo lo que significas para mí hasta ayer mismo -su rostro se había suavizado.
-Bien, entonces decidido. Recógeme el sábado -Estaba decidida a darle una oportunidad a William. Si para Alfred no era nada para William  parecía serlo todo.
-Entonces de acuerdo, el sábado pasaré a recogerte para ir al Country Club -con una sonrisa se levantó. Metió su mano en el bolsillo del pantalón pero antes de que pudiera sacarla, Sarah dijo:
-Al café invito yo.
William la miró de una forma muy especial, como si quisiera guardar aquel momento para siempre. Sarah sintió que le gustaba aquella forma en que la miraba, la hacía sentir especial y no como Alfred...
La despidió con un movimiento de mano y ella, sin poderlo evitar, le besó suavemente en los labios. William la miró sorprendido, ¡no sabía a qué debía atenerse con Sarah Slater!
-Yo... tengo que irme, Sarah... llegaré tarde -tartamudeó.
-Nadie te lo impide -Le miraba inocentemente.
William la miró durante unos segundos más, después giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta de salida. Justo cuando estaba a punto de salir, Sarah le gritó, divertida:
-¿A qué hora me recogerás? -se sentía dueña de la situación, le gustaba saber que le ponía  tan nervioso, eso nunca había sucedido con Alfred.
-A las nueve en punto -fue su respuesta.  Salió en dirección a su coche.
Se entretuvo en ver cómo salía. Después suspiró y volvió a su tarea: había que encender la plancha y preparar la cafetera, los clientes no tardarían en llegar. Sin embargo, no fue un cliente la primera persona que llegó sino Laura ¡y menuda cara que traía!
-Pero, ¿qué haces aquí tan temprano? -le preguntó sorprendida.
-El Sr.Taylor me dijo que viniera antes...
Sarah aún temblaba de rabia cuando recordaba su última conversación con Steven; aquella amenaza de despedirla si no accedía a satisfacer sus deseos. No podía creer que algo así le estuviera sucediendo a ella. Steven Taylor le había dado el plazo de una semana para tomar una decisión. Ella sabía que no tenía elección: si dejaba el trabajo le resultaría imposible encontrar otro en Green Valley ya que el Sr. Taylor era el dueño de prácticamente todo. Su única opción era salir de allí, iniciar una nueva vida en Los Ángeles o San Francisco...
Ya no pudieron hablar mucho más. El buen tiempo había llegado al valle y el coffee shop se llenaba desde primera hora de la mañana, el spa funcionaba a pleno rendimiento y en el campo de golf apenas cabía un golfista más.
A media mañana, las cosas se calmaron un poco y Sarah y Laura tuvieron tiempo de charlar. Acodadas tras la barra las dos amigas comenzaron a hablar.
-Laura, tengo que contarte una cosa -comenzó Sarah.
-Ya sabía yo que algo te pasaba, estás muy distraída.
-Ayer estuve en el apartamento de William O’Connor...
-Por fin espabilas, Sarah -una mueca maliciosa se dibujó en su rostro. -Eso es justo lo que tenías que haber hecho, pero hace ya mucho tiempo.
-No es lo que te imaginas, Laura. Ayer discutí con mi madre, te juro que no puedo más, mi madre, Alfred, Steven... -No pudo continuar.
-Cariño, algo tendrás que hacer y no lo digo sólo por Steven, también con tu madre, deberías plantarte Sarah -Laura la abrazó.
-Ya. El caso es que después de lo que pasó ayer con Alfred y lo de Steven llegué a casa hecha polvo y mi madre, para variar, me dio todo su apoyo -dijo Sarah con ironía. -Yo estaba fatal y me llamó William y el caso es que nos besamos porque...
Laura no dejó terminar a Sarah:
-¿Cómo que os besasteis? ¿Cuándo os visteis? ¿Por qué? -las preguntas salían sin descanso de los labios de Laura.
-Bueno, si me dejas te lo cuento -dijo Sarah.
-Cariño, me parece que me he perdido algo, ¿tú no estabas profundamente enamorada de Alfred?
Los ojos de Sarah se entristecieron con la sola mención de Alfred, y Laura, viendo el efecto que sus palabras habían causado en su amiga, se disculpó de inmediato:
-Lo siento mucho de verdad yo no quería...
-No pasa nada, tienes razón. Me ilusioné con Alfred y mentiría si te dijese que no siento nada por él pero... -Se interrumpió con los ojos se empañaran en lágrimas.
Laura la abrazó y trató de consolarla. Sarah se zafó de su abrazo y continuó. Trataba de no llorar:
-Tengo que seguir adelante. He tardado siete años en volver a sentir algo por un hombre, desde lo de Robert... El caso es que me he vuelto a equivocar. Debo tener alguna tara, porque siempre elijo al hombre equivocado: primero Robert y ahora Alfred. Pero ya estoy harta, no volveré a elegir mal, William es un buen hombre, me quiere y no me hará daño. Necesito sentirme querida, necesito que alguien me abrace, necesito... -por un momento, Laura pensó que  se iba a echar a llorar; pero Sarah continuó -Alfred me ha desilusionado, me ha engañado... ¡y estoy harta! Quiero un hombre que me ame, que yo sea lo más importante para él y no otra conquista más... y para William creo que lo soy
-Todo eso está muy bien, pero ¿dónde dejas tus sentimientos? Ni una sola vez has dicho que tú sientas algo por William y que él sea un buen hombre no cuenta.
-Laura, necesito que me apoyes. Creo que a William puedo llegar a quererle. Sólo necesito tiempo. No quiero volver a sufrir. Además, Alfred ya tiene a Anya... -su voz se entristeció
-Niña, sabes que puedes contar conmigo -Laura estaba dispuesta a todo por verla feliz ¡era tan desgraciada!
-Bien -la voz de Sarah se animó -el sábado hemos quedado. Iremos con Roy y contigo al Country Club.
-Estupendo,  pero ahora quiero todos los detalles de lo que pasó ayer -pidió Laura llena de curiosidad.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

CAPÍTULO.10

CAPÍTULO.10

Helen llegó a su habitación que estaba casi en penumbra y se dejó caer en un sillón. La tristeza le atenazaba la garganta y casi no podía respirar. Trató de serenarse abrazándose a sí misma y aunque deseaba desesperadamente llorar ni una sola lágrima asomó a sus ojos, estaban secos, había llorado tanto en su vida que ya no le quedaban lágrimas que derramar.
Meciéndose suavemente adelante y atrás logró que su cuerpo dejase de temblar y poco a poco se serenó. No se movió, se recostó lentamente en el sillón y volvió atrás en el tiempo, cuando contaba diecinueve años y era una joven llena de vitalidad y con la cabeza llena de sueños por cumplir.
No le gustaba estudiar demasiado por lo que había decidido hacer una formación profesional y llegar a obtener un diploma como esteticista, quería tener su propio centro de estética, ser la dueña de su trabajo e incluso, si las cosas iban bien emplear a otras especialistas.
En sus sueños veía como su centro integral de estética era publicitado en las mejores revistas de belleza. Se veía a sí misma con un futuro lleno de éxitos, tendría que viajar para conocer las últimas técnicas, los tratamientos más novedosos: Sacramento, Los Ángeles, Nueva York... Europa, recorrería el mundo e incluso podría poner su nombre a una gama de maquillaje.
Una sonrisa llena de amargura curvó los labios de Helen ¡cuántos sueños se tienen cuando la vida todavía no ha pasado ninguna factura!
Helen y sus amigas salían y se divertían como si cada sábado por la noche fuese el último. Fue en uno de esos sábados cuando conoció a Harry. Era un joven que trabajaba en uno de los viñedos que rodean a Green Valley.
Estaba sentado con unos cuantos amigos tomando unas cervezas, eran unos pocos pero hacían mucho ruido.
Helen se fijó al instante en Harry. Le llamó la atención aquel joven que reía con una sonrisa encantadora, los labios bien dibujados dejaban entrever unos dientes blanquísimos que contrastaban con su piel bronceada. Sus ojos negros llenos de vida, con una mirada limpia, honesta, sin rastro de maldad. Un mechón de pelo rebelde caía sobre uno de sus ojos dándole un aspecto de joven travieso que para ella resultó de lo más atractivo.
Sentada en la mesa contigua Helen y sus amigas charlaban pero ella no podía apartar los ojos de aquel joven sentado a pocos metros. De repente las miradas de ambos se cruzaron y se quedaron prendidas una de la otra, parecía que no podían dejar de mirarse y aunque el contacto visual duró apenas unos segundos, ellos siempre pensaron que habían pasado varios minutos. La primera en retirar la mirada fue Helen que, completamente ruborizada, no sabía qué hacer con sus ojos, ni con sus manos. Una risa nerviosa, que no pudo reprimir, escapó de sus labios.
Nunca podría precisar cómo ni cuándo sucedió pero un momento después las dos mesas estaban juntas y el grupo de chicos estaba sentado junto al  de Helen y sus amigas; ni, cómo poco después, ambos bailaban en la pequeña pista que había al fondo del local.
Helen se sentía mareada no tanto por la cerveza que había tomado como por las mariposas que notaba revolotear en su estómago. Estaban bailando muy juntos, casi sin moverse, pero conscientes el uno del otro, del casi imperceptible temblor de sus labios, del calor que desprendían sus cuerpos.  Notaba la respiración de Harry junto a su oído y con la cabeza apoyada en su hombro casi podía notar el sabor de la piel de su cuello.
Aquella noche fue mágica para los dos, fue su primera noche juntos y Helen siempre la recordaría porque fue la mejor noche de su vida y el fin de sus sueños.
Empezaron a verse a la salida del instituto, Harry la esperaba apoyado en su destartalada furgoneta y Helen sólo podía ver aquellos ojos negros donde perderse, aquellos brazos robustos, aquellas manos grandes y fuertes pero, a la vez, tan tremendamente tiernas, que cuando recorrían su cuerpo le hacían perder el sentido.
Acabó el curso con el verano y  comenzó a trabajar en el pequeño salón de belleza de Dona Carson, quería reunir la experiencia y el dinero necesarios para poder establecerse por su cuenta en un futuro cercano.
Su relación con Harry se hacía cada día más fuerte y sentía en su interior que le amaba, necesitaba sus besos como necesitaba respirar, necesitaba estar cerca de él para sentir que la vida tenía algún sentido y la pasión que existía entre ellos era el motor que les hacía levantarse cada mañana, para que las horas del día pasasen rápido y llegase pronto el momento de encontrarse de nuevo.
Era una noche de luna llena, luminosa y cálida. Se encontraban en lo alto de un pequeño cerro donde la suave brisa de la noche mecía las hojas de los árboles y cuyo sonido se unía al sinfín de ruidos nocturnos. A sus pies el gran valle se extendía hacia el horizonte.
Helen y Harry estaban sentados el uno junto al otro sobre una pequeña manta y observaban el paisaje nocturno con un silencio reverencial, como si el hecho de hacer algún sonido pudiese romper la belleza del momento.
El brazo de Harry rodeaba la cintura de Helen y ella apoyaba la cabeza en su hombro. Él comenzó a acariciar su brazo, su espalda y ella pudo sentir la calidez de su mano atravesando el fino vestido de algodón que llevaba aquella noche. Giró la cara hacia Harry buscando sus labios y ofreciendo la calidez de los suyos, fundidos en un largo y apasionado beso. Sus respiraciones se transformaron en una sola y sus cuerpos se buscaron con deseo irreprimible. Echados uno junto al otro, Harry recorría despacio el cuerpo de Helen y cada caricia era un escalofríode placer.
La besó en los labios, bajando despacio por su cuello, sus hombros descubiertos, sus pechos...
Casi sin darse cuenta estaban desnudos sobre la pequeña manta, podían verse iluminados por la clara noche y envueltos en la fragancia que desprendía la tierra. Podían sentirse, reconocer su olor. Se dejaron llevar por la pasión que les producía el contacto mutuo.
Helen siempre recordaría el placer inmenso que sintió cuando Harry entró en su cuerpo, un gemido escapó de sus labios y oleadas de deseo la  invadieron. Sus piernas rodearon las caderas de Harry, su cuerpo era una ofrenda de amor donde él podría perderse...
Aquella noche, sobre aquel cerro, sólo la luna, las estrellas y la oscuridad fueron testigos del acto de amor donde dieron rienda suelta a su deseo y a toda la pasión que llevaban dentro.
Sólo semanas después Helen supo que había quedado embarazada. Toda la pasión, todo el placer, se había tornado preocupación. ¿Qué iba a hacer?
Sin tiempo para reflexionar sobre si quería o no casarse, Helen contrajo matrimonio con Harry. No hizo falta que pasara mucho tiempo para que comprobase que había sido un error. Él fue un buen marido y un excelente padre para Sarah pero Helen comprobó que la inicial pasión pronto se convertiría en desamor y reproches.
El divorcio ni siquiera fue una opción para ella, había cometido un error y tenía que afrontarlo. El precio pagado por ese error había sido muy alto: toda una vida de infelicidad.
Cuando Helen se levantó a la mañana siguiente, Sarah ya no estaba en casa. La noche anterior, después de su discusión, su hija había salido y ella no sabía dónde había ido. Se quedó despierta en su cama esperando a que regresara. Volvió muy tarde. Después de sentirla en casa, Helen se durmió.
Quería encontrarse con Sarah por la mañana antes de que se fuera a trabajar. Necesitaba aclarar algunas cosas pero  había salido muy temprano.
Pensaba todo esto mientras preparaba mecánicamente el desayuno y el almuerzo para Paul. En pocos minutos pasaría el autobús del colegio.
Despidió al niño en la puerta de casa. Le dio un beso y le dijo adiós con la mano. Se preguntó por qué su relación con Sarah no era así.
Regresó a la cocina y se preparó un café bien cargado. Tenía que pensar y reflexionar sobre todo lo acontecido.
Necesitaba sus pastillas. Fue a su habitación, las pastillas estaban sobre la cómoda. Alzó la vista y se encontró con su reflejo en el espejo del tocador. ¿Realmente la mujer que la miraba era ella? ¿Dónde había quedado aquella muchacha llena de ilusiones, de proyectos y de sueños?
Jamás se habría imaginado que aquella joven idealista y llena de vida acabaría convertida en lo que era: una mujer amargada, una mujer que no quería a su hija, que nunca quiso a su marido, que... No pudo continuar. El llanto se apoderó de ella. Nunca se había dicho a sí misma todas estas cosas. Le dolía admitir que nunca había amado a Harry,  que... Su mirada se posó sobre la foto que tenía sobre el tocador: era una foto de familia. Harry y Sarah jugaban en el jardín, ambos parecían muy contentos; en el lateral aparecía Helen, ceñuda, con su permanente mueca de disgusto en la cara.
No recordaba quién había sacado esa fotografía aunque sí recordaba cuándo había sido tomada. Celebraban el séptimo cumpleaños de Sarah; la foto la habían tomado en el jardín. Los dos parecían estar disfrutando mucho, no como ella.
Suspirando, se tendió en la cama. ¿Por qué? ¿Por qué había tenido una vida que no la llenaba? ¿Por qué sentía la necesidad de hacer daño a quién más quería?  Sí, ella quería a Sarah, quizá no se lo demostrara, había puesto todas sus esperanzas en ella y la había defraudado...
En este punto de sus reflexiones Helen se detuvo. No podía creer que fuera tan egoísta, que estuviera cargando sobre su hija todos los errores que ella había cometido en su juventud...
Se paró a reflexionar cómo había sido la vida con Harry. Habían estado casados más de veinticinco años y nunca había existido entre ellos una complicidad, una intimidad, nunca habían compartido sus sueños y esperanzas... Realmente había sido Helen la que había establecido una barrera infranqueable entre ambos; culpaba a Harry por no haber podido cumplir sus sueños y, lo que era peor, también culpaba a Sarah...
Se dio cuenta de que había pasado toda su vida culpando a los demás por algo que ella hizo, por haber vivido la vida que otros le señalaron... ¡qué ironía! y ahora ella estaba haciendo lo mismo con Sarah, ¿es que acaso pretendía que Sarah acabara como ella, sola y amargada?
El sonido del teléfono la sacó de sus pensamientos. Contestó. Era Dona. Le tocaba abrir el centro de estética, tenía que darse prisa.
Suspiró. Se levantó. Se vistió y salió, como hacía cada mañana de los últimos treinta años, hacia el trabajo.

miércoles, 31 de agosto de 2011

CAPITULO.9


Las lágrimas de Sarah no le dejaban ver la carretera. Llegó a su casa y aparcó el coche en la puerta. Ni siquiera se molestó en subir la ventanilla. Lo único que quería era meterse en la cama y olvidar todo lo sucedido en el coffee shop. Las imágenes no dejaban de repetirse en su cabeza: Alfred y Anya juntos, Alfred y Anya haciendo manitas, ella misma derramando el refresco sobre la camisa de Alfred, la gente criticándola, las groserías de Anya... y su entrevista  con Steven Taylor.
Casi deseaba que la despidiera, así no tendría que volver a enfrentarse con toda aquella horrible gente de la terraza, no tendría que ver a Anya y soportar sus aires de grandeza ni sufrir los envites de Steven Taylor.
Lo que realmente había partido el corazón de Sarah había sido comprobar que no eran habladurías lo que se comentaba en la ciudad: Alfred y Anya sí estaban juntos.
Lo ocurrido en la terraza le había demostrado que para él, ella no existía: no era nada, no había sido nada.
Dos gruesas lágrimas de rabia, de dolor, de impotencia... se le escaparon a Sarah. Sentía odio. Hacia Anya, hacia Alfred... pero sobre todo hacia ella misma. Se odiaba por haber sido tan ingenua, por haberse dejado engañar y, por encima de todo, se odiaba por no haber sido capaz de vivir la vida que ella había deseado. No debía haber permitido que su madre tomara las riendas de su existencia.
Absorta como estaba en sus pensamientos no advirtió que Helen había salido a la entrada y la estaba observando. Se secó las lágrimas y trató de pasar al interior de la casa. Su madre no se apartó de la puerta. Le impedía el paso. Sarah la miró, no comprendía nada. Helen la miraba desafiante.
-¿Cuándo pensabas contármelo?-le espetó.
-¿De qué hablas, madre?-Sarah seguía sin entender.
-Me encontré con Anita Gonzáles en el mercado.
-¡Oh! -Sarah no pudo decir más. A pesar de que había sido una cita inocente no había querido que se enterara. Sabía que no le gustaría.
-Después llamó Laura, quería saber si ya te habías recuperado. Me contó lo sucedido.
Creyó vislumbrar una amarga sonrisa en el rostro de su madre.
-¡Oh!-Sarah tuvo que reprimir un sollozo que pugnaba por salir de su garganta.
-No contenta con engañarme deliberadamente y permitir que mi Paul se relacione con el hombre de peor reputación de la ciudad...
-¡Paul es mi hijo! -la interrumpió. No pudo evitar la frase. Llevaba mucho tiempo pensando que Helen se extralimitaba, a menudo más que la abuela parecía la madre de Paul. Y ella ya no podía soportarlo más.
-Sarah, ¡cállate! Sacrifiqué toda mi vida por ti. Trabajé muy duro para que tú fueras alguien, pero tú preferiste tirar tu vida por la borda. No permitiré que también destroces la vida de Paul.
-Nadie te lo pidió madre -Sarah jamás se había atrevido a decirlo. De inmediato se arrepintió.
-Lo único que te pido es que no arruines la vida de Paul -Helen dio media vuelta y entró en la casa.
Sarah la cogió del brazo y la encaró hacia ella. Los ojos de su madre estaban empañados en lágrimas. Sarah jamás la  había visto en ese estado. Ni siquiera cuando murió Harry, su marido.
-Madre, no quería decir lo que he dicho. Créeme que lo siento... -intentó disculparse.
-Creo que ya está todo dicho Sarah. El señor O’Connor ha llamado, me dijo que necesitaba hablarte. Llámale. Buenas noches -la voz de Helen era fría, dura y su mirada glacial.
Helen se liberó del brazo de su hija. Se dio la vuelta y, sin mirarla, subió las escaleras en dirección a su habitación. Sarah se quedó en la entrada de la casa, la puerta estaba abierta, la cerró y, como una autómata se dirigió a la sala de estar. Se sentó frente al televisor, estaba apagado, lo encendió y miró la pantalla. Miraba sin ver. No quería admitirlo pero su madre tenía razón: jamás debió mezclarse con un hombre como Alfred Gonzáles.
El teléfono la sacó de su ensimismamiento.
-¿Diga? -respondió maquinalmente.
-Hola Sarah, soy William O’Connor, el profesor de Paul. Nos vimos hace unos días para...
-¿Ocurre algo?.
-Verás, esto... No sucede nada... Se me ocurrió que podría llamarte y ver si te apetecía salir a cenar... -estaba muy nervioso.
-William, estoy muy cansada. Sólo quiero dormir -un sollozo se escapó de su garganta.
-Sarah, ¿qué te ocurre? -preguntó preocupado -En un minuto estoy en tu casa.
-No, no. No es necesario. No es nada, ¿qué decías de quedar? -trató de cambiar de conversación pero de nuevo comenzó a sollozar.
-En un minuto estoy en tu casa -William colgó.
Sarah colgó el teléfono. Apagó el televisor. Cogió su bolso y salió a esperar a William. No sabía por qué actuaba así. El aire fresco la despejó. No llevaba ni cinco minutos esperando cuando un coche gris, de aspecto bastante destartalado, paró frente a su puerta. William asomó la cabeza por la ventanilla, parecía muy preocupado.
-¿Qué ocurre Sarah?
La tensión sufrida a lo largo de todo el día hizo que explotara. Sin querer, ni poder evitarlo, comenzó a llorar. No podía hablar, sólo quería llorar y llorar.
William salió del coche, se acercó a ella y pasando su brazo alrededor de sus hombros, la metió en el coche.
Continuó llorando sin consuelo. No podía parar. William no hablaba, sólo la miraba de reojo.
Durante unos minutos condujo sin dirección. Finalmente, viendo que Sarah no dejaba de llorar, decidió ir a su apartamento.
William O’Connor vivía en uno de los viejos edificios de apartamentos del centro de la ciudad. Era una pequeña construcción de sólo tres pisos de altura. A William le había agradado sobremanera. Deseaba vivir en un lugar donde no tuviera muchos vecinos. En Green Valley lo había conseguido. En su edificio sólo había seis apartamentos, uno de ellos vacío. En sus nuevos vecinos había encontrado grandes amigos, casi eran como de la familia.
Su apartamento estaba situado en el primer piso. El edificio no tenía ascensor. Sarah seguía llorando y William la rodeó con su brazo para ayudarla a subir.
Abrió la puerta de su apartamento y prendió la luz, era pequeño pero acogedor y desprendía un ambiente de total calidez.
La llevó hasta una agradable sala de estar donde la acomodó en un amplio y confortable sofá de cuero marrón. William salió y regresó con dos tazas humeantes. Ofreció una de ellas a Sarah. Ésta le interrogó con la mirada.
-Es una tisana, con mi toque especial
-¿Qué tiene de especial?
-Mi toque irlandés: un chorrito de buen whisky.
Le miró confundida. Finalmente, decidió beber. La infusión estaba caliente, muy caliente, y el whisky aumentaba esa sensación. El alcohol golpeó las sienes de Sarah que, sorprendentemente, se tranquilizó. Dejó de llorar y observó todo a su alrededor. Hasta ese instante no había sido consciente de dónde se encontraba. Lo último que recordaba vagamente era un destartalado coche gris.
Miró a William con sus grandes ojos negros, que le lanzaron cientos de preguntas.
-Me pareció que este era el mejor sitio y como no hablabas... -comenzó a disculparse.  Lo último que deseaba era molestarla.
-Has sido muy gentil y has tenido una gran idea
-¡Oh, fantástico! -el rostro de William se iluminó. Deseaba con todas sus fuerzas ver sonreír a Sarah. Deseaba hacerla feliz, amarla y que le amara.
Esta idea sorprendió a William, que hasta ese instante no había sido consciente de que comenzaba a amar a Sarah Slater. Tras su divorcio de Denise, pensó que jamás podría sentir algo parecido a lo que había sentido por su ex -mujer, sin embargo Sarah le había devuelto la ilusión.
Desde que la había visto por primera vez había sentido algo por ella, aunque no lo había identificado como amor. Después de su primer encuentro, todavía recordaba aquel almuerzo en el parque, anduvo investigando sobre ella. Sabía que Paul no tenía papá.. Por lo que pudo averiguar, Sarah Slater estaba sola, no compartía su vida con nadie. A William le extrañó. La belleza de Sarah le había cautivado y su aire de tristeza le había conmovido profundamente, deseaba hacerla feliz.
-Estás muy callado. Siento mi comportamiento. Si quieres me voy -a Sarah le incomodaba ese silencio. Creía que le había molestado.
-No, tengo hambre. Acompáñame a la cocina. Necesitaré un pinche -le tendió la mano.
Sarah se agarró a su mano y le preguntó divertida qué pensaban preparar. William sonrió misterioso. La llevó de la mano hasta la cocina. Era pequeña. William sirvió dos copas de vino. Sarah se encontraba muy tranquila y relajada, le gustaba  su compañía: con él las cosas eran fáciles. No había tensión y  podía comportarse con naturalidad.
-Corta estas verduras en trozos muy pequeños -puso frente a ella una bandeja con pimientos, berenjenas, calabacines...
-Y tú, ¿qué harás? ¿No me habrás traído para tenerme aquí cocinando mientras tú lees el periódico? -dijo divertida.
-Ese era mi plan, pero ya que me has descubierto no me va a quedar más remedio que ayudar. Prepararé la salsa -contestó.
William encendió la radio. Sonaba « My Way » de Frank Sinatra. Le encantaba esa canción y comenzó a cantarla a voz en grito. Sarah reía, no podía creer que hiciera sólo una hora hubiera estado tan mal. Llevado por la emoción del momento, la  sacó a bailar. Puso una mano en su espalda y la otra en su cintura. Sarah se refugió en sus brazos, ¡era tan agradable sentirse protegida! Cuando la canción acabó William la besó en la mejilla y le agradeció el baile:
-Eres una gran bailarina.
-Y tú un gran cantante -bromeó Sarah.
Pocos minutos después un delicioso olor salía de la cocina.
-Aún no sé qué es lo que estamos cocinando -protestó Sarah. -Si no me informas me declararé en huelga. Tú decides.
-En ese caso y para evitar una huelga, te informo que hoy cocinamos la famosa pasta O’Connor, con su salsa de champiñones y sus verduritas. Sólo me queda agregar el ingrediente secreto: la soja.
William estaba feliz, añadió la soja y tapó la sartén. Se quitó el delantal y ayudó a Sarah a quitarse el suyo.
-Ahora la señora irá a la sala mientras acabo de prepararlo todo -dijo empujándola suavemente.
Transcurrieron varios minutos hasta que William regresó. Sarah se entretuvo curioseando. Frente al sofá de cuero en el que había estado sentada, había una pequeña mesa, repleta de revistas. Sarah las ojeó. Había revistas de todo tipo pero la mayor parte versaban sobre cine, historia y antropología. Sonrió para sus adentros, William O’Connor le producía una inmensa ternura.
Al fondo había una gran estantería, repleta de libros y recuerdos de viajes.
-Vaya, vaya, William ha viajado mucho -pensó Sarah.
Allí había máscaras de carnaval italianas, pequeñas figuras aztecas e incluso varios búmeran recuerdo de Australia.
Sobre un pequeño mueble auxiliar  encontró la única foto de la estancia. Era una foto antigua, William aparentaba tener unos veinte o veinticinco años. A su lado una hermosa mujer, que aparentaba ser de su misma edad, le cogía por el brazo. Ambos se miraban fijamente y sonreían. Al fondo se veían las colinas de Hollywood.
-Cuando la señora guste. Su mesa está preparada -William le ofreció su brazo.
Sarah se dirigió hacia la cocina, creía que iban a cenar en la pequeña mesa accesoria que había en la misma. Sin embargo, y para su sorpresa, William la dirigió hacia la puerta de salida del pequeño apartamento. Sarah le miró sonriendo, pensaba que se trataba de una broma. William, muy serio, le indicó que subiera las escaleras hasta  la azotea del edificio.
Sarah no pudo reprimir una exclamación de sorpresa, ¡menuda vista! A pesar de la poca altura del edificio, las vistas eran espectaculares ¡suerte que no había altas construcciones en la ciudad! Desde la azotea se veía la pequeña iglesia, el parque central en el que habían comido juntos por primera vez... Al fondo, las grandes extensiones de viñedos, que ocupaban colinas y más colinas, y el Taylor’s coffee shop... al ver el café el rostro de Sarah se ensombreció.
William la observaba sin perder detalle: le encantó ver su  asombro. También se percató del cambio que se reflejó en su cara. Siguió con su mirada el punto hacia el que Sarah miraba: el Taylor’s coffee shop.
-Sarah, ¿te ha ocurrido algo en el trabajo? -preguntó tímidamente.
-No quiero hablar de nada, William. Quiero disfrutar de esta magnífica velada: de las vistas maravillosas, de la espectacular luna llena y, si fuera posible, de la famosísima pasta O’Connor -respondió Sarah. -¿O acaso te la has comido ya?
-Disculpa, no quería incomodarte. Sígueme.
William la llevó hasta la parte trasera de la azotea. Había preparado una mesa en el centro de la misma: un pequeño mantel rojo, un ramillete de flores, los platos con la pasta O’Connor y una botella de vino tinto.
Sarah no podía creerlo, Laura siempre le contaba sus devaneos amorosos repletos de románticos detalles, pero nunca le habían sucedido a ella. Sus ojos se llenaron de lágrimas de agradecimiento y dedicó una mirada a William que derritió el corazón del maestro.
Se sentaron a la mesa. Él le sirvió un poco de vino. Era la segunda copa que tomaba, y ella no estaba acostumbrada. El vino hizo que sus iniciales inhibiciones desaparecieran. Sabía que William la encontraba atractiva y, después de lo sucedido con Alfred, deseaba sentirse querida y deseada.
Durante toda la cena, no paró de beber y reír. Él era un fantástico anfitrión. Tras la cena y el postre, había preparado unas deliciosas fresas con nata, Sarah propuso un baile. Deseaba sentir las caricias de William.
Él estaba encantado, se sentía como en una nube. Por eso, cuando comenzó a llover fue como si despertara de un sueño. La miró con cara de aturdido. Sarah, sonriendo, ¡aquella sonrisa derretía a William! propuso que continuaran la velada en su casa. Él aceptó encantado.
En el apartamento, continuaron bailando. Cuando ya no pudo más, Sarah se tumbó en el sofá y le pidió que le trajera un vaso de agua. Cuando regresó  estaba acurrucada en su sofá. Se acercó lentamente a ella y con suavidad se sentó a su lado, con un brazo la atrajo hacia sí. Sarah se apoyó en su pecho y William aspiró el dulce aroma que desprendía su piel. Sin poder evitarlo acercó sus labios a los de Sarah y la besó con cariño. No esperaba respuesta, pero ella le abrazó fuertemente, se apretó contra él y le devolvió el beso con una pasión que desconcertó a William.
Sin tiempo para pensar, se vieron envueltos en unos besos apasionados. Él no pudo evitar acariciar los hombros, la espalda... Su mano subió hacia el cuello y bajó por el borde de su camisa buscando sus pechos.
De repente, y sin previo aviso, Sarah se levantó del sofá. Recogió sus cosas y salió del apartamento.
William se quedó perplejo.
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